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Lampacito, un pueblo del Norte
catamarqueño a 2000 mts. sobre el nivel del mar, ha sido testigo
de cómo un puñado de mujeres reaccionó frente a la crisis económica,
recuperando la tradición del hilado y ahora progresando poco a poco
en la producción de prendas de llama y oveja.
Al comienzo eran tan solo 8 mujeres, casi
todas analfabetas, que apenas sabían hilar, en una sociedad que
discrimina ese arte por considerarlo “cosa de indios”. Empezaron con
una máquina y un huso, el antiguo instrumento para hacer del vellón
de lana de llama, metros de hilos para tejer. Fue entonces cuando se
bautizaron “Tinku Kamayu”, que significa en Quechua,
“reunidas para trabajar”.
Claro que en el Tinku, no sólo se dedican al
hilado. Todas las tardes las mujeres comparten un mate cocido
mientras charlan o cantan coplas al son de una caja chayera antes de
volver a sus hogares. Hoy, que sus productos se exportan a varias
partes del mundo, siguen reunidas para mucho más que trabajar:
dignificar su condición de mujeres y por lo tanto, la vida misma.
Las mujeres del Tinku, no solo
recuperaron un arte ancestral, sino también su identidad como pueblo
originario. Y hoy son un testimonio maravilloso de cómo vencer a la
crisis desde el lugar de los más castigados.
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